Sócrates ladea su pequeña cabeza gris. Me mira con ojos graves y profundos. Sócrates es un gato pardo, con las patas en la tierra y que no mata moscas con la cola, porque nunca se aburre. Le gusta curiosear todo, desde los documentales de La 2 hasta la centrifugadora de la lavadora. Sócrates es un gato fiel y cariñoso, a pesar de la fama de su estirpe. Me dice que no seáis racistas, que los gatos no son ariscos.
Cuando yo era pequeño, solía sentarse encima de mi pequeña mesita de dibujo a observar mis creaciones, desde que trazaba mi primer esbozo hasta que estampaba mi firma personal, más garabato que nombre. Observaba la obra y después me miraba. De su expresión dependía que el dibujo fuera negociable o no.
Hubo muy pocas veces en las que caí enfermo, y Sócrates se subía a mi cama para hacerme compañía y patrullar mi lectura, vigilando que ningún control parental sobreprotector e inoportuno me impidiera leer.
Sócrates era mi único amigo en esos años; ahora somos íntimos, porque por suerte he hecho amistades menos peludas. Y menos afiladas, se jacta.
Muy gracioso. Sócrates sonríe y se reboza en mi pierna.
Sí, los gatos sonríen. Sonríen con la mirada, sonríen con la expresión. Sonrisas más sinceras que aquellas, tan humanas, pecan de hipócritas o forzadas. Por eso cuando oigo unas uñas rascando la superficie de la puerta de mi habitación, sé que Sócrates está sonriendo porque me he quedado dormido otra vez.