8 may 2014

Siete vidas tiene una sonrisa

Sócrates ladea su pequeña cabeza gris. Me mira con ojos graves y profundos. Sócrates es un gato pardo, con las patas en la tierra y que no mata moscas con la cola, porque nunca se aburre. Le gusta curiosear todo, desde los documentales de La 2 hasta la centrifugadora de la lavadora. Sócrates es un gato fiel y cariñoso, a pesar de la fama de su estirpe. Me dice que no seáis racistas, que los gatos no son ariscos.

Cuando yo era pequeño, solía sentarse encima de mi pequeña mesita de dibujo a observar mis creaciones, desde que trazaba mi primer esbozo hasta que estampaba mi firma personal, más garabato que nombre. Observaba la obra y después me miraba. De su expresión dependía que el dibujo fuera negociable o no.

Hubo muy pocas veces en las que caí enfermo, y Sócrates se subía a mi cama para hacerme compañía y patrullar mi lectura, vigilando que ningún control parental sobreprotector e inoportuno me impidiera leer.

Sócrates era mi único amigo en esos años; ahora somos íntimos, porque por suerte he hecho amistades menos peludas. Y menos afiladas, se jacta.
Muy gracioso. Sócrates sonríe y se reboza en mi pierna.


Sí, los gatos sonríen. Sonríen con la mirada, sonríen con la expresión. Sonrisas más sinceras que aquellas, tan humanas, pecan de hipócritas o forzadas. Por eso cuando oigo unas uñas rascando la superficie de la puerta de mi habitación, sé que Sócrates está sonriendo porque me he quedado dormido otra vez.


4 may 2014

Café 1930

Él pensaba que lo tenía todo, pero le faltaba ella.


París vivía una fiesta interminable de luz, arte y pasión, con sus calles bohemias y su eterno espíritu romántico, como si conociera la caducidad de los momentos únicos de la vida de cada uno de nosotros. Mientras, en un café ya prácticamente abandonado lo sublime de la existencia humana luchaba su última batalla contra el olvido. Unas notas exhalaban sus últimos suspiros sobre el piano, desesperadas por no soltarse nunca de los dedos del pianista, emborrachadas de la calidez de su piel; la música se entregaba a él como una generosa amante, él se limitaba a poseerla en exclusiva.


Una rosa.


Una rosa que anhela el vuelo de una falda aleteando al doblar la esquina.


La buscó, desesperadamente. Pero cada vez que creía alcanzarla, ella se escapaba sin remedio, como un sueño borrado con la luz de la mañana, como humo... Los dos dejaron de ir al café, muy a su pesar, el cual sentía que un pedazo de eternidad se deshacía entre sus muros. Andaban sin buscarse pero sabiendo que andaban para encontrarse.


No quiso volver a poner sus dedos sobre ningún piano.


Pero un día la vio. La vio tocando sobre el piano del café, aquel reservado sólo para él, y que ella acariciaba con delicadeza, como si el mundo se compusiera al tocar el piano. Dejó la rosa en el suelo, postrada a los pies de ella, y se sentó a su lado. Comenzaron una melodía que conocían de memoria, de esas tardes solitarias llenas de recuerdos, y terminaron de decirse lo que no se habían dicho en años.
El piano se quedó mudo, sin embargo, sus miradas lo contenían todo.


Los dos conocían el alcance de aquella entrega. Después de una noche tan intensa, ni siquiera necesitaban tocarse.


Él dejó de perseguirla.