Pensar hasta emborracharme de mis pensamientos.
29 jul 2014
8 jul 2014
Mañana es martes
Mario dio un pelotazo con todas sus fuerzas. Cayó al otro lado de la acera. Cuando fue a recoger la pelota, vio con desolación que algo la había pinchado. Pero, ¿el qué? Miró el lugar del crimen y descubrió un diminuto trozo de cristal negro, brillante y curvado. Le fascinó tanto que lo cogió y lo escondió en la mano. De pronto la pelota no tenía el más mínimo interés.
A un palmo de distancia vio otro trozo idéntico al anterior. También cogió éste. Lo había cogido justo enfrente de un café en el que olía deliciosamente a chocolate. Mario entró seducido por el olor y vio algo brillante junto a la pata de una mesa. Se agachó y lo cogió. Intimidado por el camarero, salió disparado a la calle.
Una vez fuera siguió andando calle abajo mientras encontraba pedazos de cristal negro brillantes y se los guardaba en el bolsillo. Se había parado en una esquina para ver a una niña bailar cuando, al abrir la mano, vio con sorpresa que los pedazos de cristal habían cambiado de color. Ya no eran negros sino escarlata. Siguió andando y se alegró de no encontrar más pedazos, pues tenía las manos llenas de ellos. Entre estos pensamientos había llegado a un parque con muchos bancos. Iba a sentarse en uno, pero se dio cuenta de que estaba ocupado. Una pálida mujer observaba el suelo con la mirada perdida. No había rastro de expresión en su cara, sólo unos ojos vacíos. Permanecía inmovil, mientras el viento alborotaba sus cabellos con violencia. Ella parecía no notarlo, o de así serlo, no le importaba.
De pronto Mario comprendió. Se sentó en el banco y comenzó a juntar los pedazos hasta formar un corazón escarlata, sólido. Orgulloso de su obra, tendió el corazón a la mujer, quien perdió la mirada vacía y se movió para alcanzar lo que el niño le tendía. Emocionada, comenzó a llorar. Mario saltó del banco, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla a la mujer. Se alejó trotando.
-Gracias.
4 jul 2014
... Y cuando quiera bailará conmigo
-No me importa demasiado dónde sueles ir por las noches.
Quizá me dirigía demasiado rápido a donde había un enorme precipicio.
-¿Cómo?
Claro que lo sé, Amiel, lo supe desde el primer día. Ella está en tus ojos brillantes, en tu pelo, en tus improvisaciones al piano, en tu forma de mirar perdida, en tu felicidad constante porque sabes que la vas a ver pronto. Está en esas frases seductoras que te ha dado ahora por soltarme. Impregnada en cada poro de tu piel. No creas que no me doy cuenta. Una mujer sabe esas cosas. Se ha instalado en ti, en tus pensamientos, en tu deseo. Ella es diferente, a ella le quieres enseñar la vida, tu vida. Conmigo es demasiado complicado, a mi no me puedes impresionar. Sé que no es tan inteligente como yo. En casa el tedio y la rutina te estaban matando, yo lo iba notando, iba notando como poco a poco te distanciabas, y te lo he hecho ver varias veces. Y yo lo entiendo, Amiel, lo entiendo porque somos demasiado parecidos para llevarnos bien, y los dos somos idénticos, demasiado idénticos. Con ella es más fácil.
- No importa. Vamos a cenar.- Te dije. Decidí no insistir, era tiempo perdido.
- ¿Cuándo dejamos de querernos?-Tu pregunta me pilló por sorpresa.
- Cuando dejamos de buscarnos.
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