El cielo empezaba a amarillear, por culpa de un sol empeñado en hacer creer que el verano seguía coloreando las vidas de muchos de nosotros. Yo subía la rampa del Antonio Machado sin prisa, dejando entrever un mundo secreto dentro de mi boca a cada bostezo. El instituto ya empezaba a dejar huella en mis neuronas y sólo estábamos a 16 de septiembre. Recorrí el camino casi automáticamente, en un itinerario que me sabía casi de memoria.
Paré frente al ascensor y pulsé el botón de bajada. Un silencio de convento inundaba el pasillo. Se oyó un rumor sordo; el ascensor acababa de llegar,y se abrieron las puertas. Me metí en el ascensor y pulsé el cuarto piso. Sobre un placa de metal encima del botón se podía leer: CONSERVATORIO.Habían restaurado el tablón de anuncios, que ya no tenía desconchones ni pintadas. Además los papeles estaban cuidadosamente fijados con chinchetas. Hubo una ligera sacudida y se abrieron las puertas.
Conforme se iban separando las puertas metálicas iba viendo lo que allí me esperaba como un soldado a punto de adentrarse en la batalla:Decenas de padres armados con bolígrafo y papel se agolpaban en un lado de la sala,desesperados por lograr un hueco delante del atiborrado tablón de anuncios,donde estaban escritos los horarios de clase. El pasillo, ese que me había llenado de nostalgia una semana antes al verlo vacío, con sus puertas verdes a los lados, estaba igualmente poblado y era verdaderamente difícil avanzar.
La soledad silenciosa del ascensor contrastaba con las voces, risas y gritos de la recepción. A través del cristal de conserjería saludé a Margarita, pero ésta, a causa del bombardeo de preguntas que recibía a cada minuto, sólo pudo lanzarme una mirada de animal maltratado. No pude evitar sonreírme ante tal situación. Torcí a la derecha y me aproximé al pasillo donde se encontraban la sala de profesores, la biblioteca y las aulas de piano. Avanzaba a regañadientes,luchando contra las espaldas y los brazos aprisionantes de la gente.Estaba tan agobiada que decidí sentarme en un banco que había al lado del aula de tutoría.
Cuando torcí esquina me di cuenta de que ya estaba ocupado por todos mis compañeros de orquesta.Relataban las experiencias del verano, líos amororsos y vacaciones familiares aburridas,pero pronto volvieron a la música,ya que la mayor parte de ellos había ido al mismo curso de verano. Faltó tiempo para que los violines nos fuéramos a un lado para hablar. Cuando volví a casa me invadió una ilusión inusitada, y me di cuenta de que estaba deseando empezar el curso. Yo,aquella atolondrada personita que dejaba todo para el último momento y que siempre exprimía los últimos días del verano.
Dos días después me encontraba en una clase diminuta,reclinada en una silla mientras los contrabajos pulían con el director un pasaje confuso, los violines debatían sobre qué dedos poner y se pasaban las partituras con nuevos arcos como operarios en una cadena de montaje, a la vez que las violas escuchaban divertidas a los vientos, que bromeaban sobre los profesores,sobre los violines, sobre la música y la vida.Y mientras los chelos sopesaban si hacer o no vibrato en una nota corta.
Mientras, yo, sentada con el violín encima de mis rodillas, escuchaba las conversaciones mezcladas de todos ellos como un enjambre salvaje. Miré las caras de todos ellos y de pronto sentí una conexión especial, seguida de un escalofrío en el alma. En medio de mi emoción no pude más que pensar sinceramente:''Por fin estoy en casa''.