Paseaban por las calles de esa ciudad infinita, dibujada por los restos de una ciudad romana, hija de las historias acaecidas debajo del acueducto.
Una ciudad de estudiantes, ligeramente bohemia, con sus calles sinuosas y palpitantes, con sus luces hogareñas y seductoras, con su espíritu de acogedora ciudad de sueños.
Habían salido a dar una vuelta todos juntos, sin pensar en nada más que el presente, pero sabiendo que vivían con el dinero de la felicidad, aquella amistad que uno sólo encuentra en las noches de verano.
Es como volver a casa, le decía ella. Un lugar perdido, misterioso y dolorosamente reconfortante. Lo que siempre habíamos estado buscando, a pesar de no saber nunca lo que es; al volver aquí lo sientes, esa sensación de volver al hogar, de retornar hacia aquello que sólo existía en nuestros recuerdos. No sé si podría explicártelo de manera sencilla, esa es la dificultad inaccesible de lo inefable.
Te entiendo perfectamente, pero no creo que sea tan difícil adivinar qué es aquello que anhelamos para encontrarlo. Aquello que buscamos somos nosotros mismos, nosotros mismos aquí, en esta ciudad que nos hace más grandes.
Sí, supongo que a todos nos encanta la ciudad.
No me has entendido. Suspiró. Nos encontramos el uno al otro, pero sólo aquí es donde conseguimos amarnos de una manera más perfecta. A ti te parece bella la ciudad por sus luces.
Pero porque esas luces iluminan tu sonrisa, reconoció ella.
Y mi sonrisa es infinita en esta ciudad.
Porque mi mirada recorre la ciudad como si fuera la primera vez. Ella comprendió de repente.
Como si fuera la primera vez que te conocí.
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