-No me importa demasiado dónde sueles ir por las noches.
Quizá me dirigía demasiado rápido a donde había un enorme precipicio.
-¿Cómo?
Claro que lo sé, Amiel, lo supe desde el primer día. Ella está en tus ojos brillantes, en tu pelo, en tus improvisaciones al piano, en tu forma de mirar perdida, en tu felicidad constante porque sabes que la vas a ver pronto. Está en esas frases seductoras que te ha dado ahora por soltarme. Impregnada en cada poro de tu piel. No creas que no me doy cuenta. Una mujer sabe esas cosas. Se ha instalado en ti, en tus pensamientos, en tu deseo. Ella es diferente, a ella le quieres enseñar la vida, tu vida. Conmigo es demasiado complicado, a mi no me puedes impresionar. Sé que no es tan inteligente como yo. En casa el tedio y la rutina te estaban matando, yo lo iba notando, iba notando como poco a poco te distanciabas, y te lo he hecho ver varias veces. Y yo lo entiendo, Amiel, lo entiendo porque somos demasiado parecidos para llevarnos bien, y los dos somos idénticos, demasiado idénticos. Con ella es más fácil.
- No importa. Vamos a cenar.- Te dije. Decidí no insistir, era tiempo perdido.
- ¿Cuándo dejamos de querernos?-Tu pregunta me pilló por sorpresa.
- Cuando dejamos de buscarnos.
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