Se fue. Sin más, con la tranquilidad de una hoja cayendo desde lo alto de un árbol; despacio, sin prisa, sin ofrecer resistencia alguna. Con la resignación de una vida que se acaba, el afluente de un río que resuelve en el océano.
Mi orgullo está enfadado conmigo porque está herido y yo no cambio. Pero sobre todo está enfadado porque no siento nada, ni lo sentía. La sábana vacía de su perfume, que nunca me pareció mío, que nunca reclamé y que no quiero que me atribuya.
Tenía esas cosas que gustan a las chicas, los abrazos por la espalda, los "bésame" de repente, las miradas mantenidas y los poemas de amor. Pero el otro lado de la puerta no los merecía porque no los quería, y los primeros rayos del sol en verano no están para desperdiciarlos. Al otro lado de la puerta, temblorosa y culpable, como un niño que sabe que va a romper un juguete, esperaba una señal que me diera permiso para echar el cerrojo. Siento todo lo que no hice y debí hacer, pero yo también soy un juguete roto, y no tengo vocación de curandera.
Mi orgullo se ríe. Salimos ilesos de una historia coja. De pronto se calla.
Demasiado silencio al otro lado de la puerta.
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