2 sept 2013

Capricho nº 24


“Dicen que todo artista necesita una musa. La de Dan Levine era Cloe Varenska. La primera vez que la vio, su pluma empezó a escribir la más bella historia de amor. Ambos eran extranjeros que llevaban largo tiempo viviendo en España. Nadie olvidaría los acontecimientos que tuvieron lugar en diciembre de 1986.

El Teatro Salón de Cervantes estaba abarrotado. Grandes personalidades de toda España se había citado para escuchar el talento de la mejor violinista del país. Fracs almidonados y vestidos de gala habían salido de sus armarios para disfrutar de un concierto único. Dan Levine, escritor frustrado por haberse hecho rico con un best-seller que no pretendía serlo, se podía permitir el lujo de incluirse entre estas personalidades. Se rumoreaba que los best-seller tenían poca calidad literaria, y que sus escritores tenían mucho morro y poca profesionalidad. En su caso, nada más lejos de la realidad, pues su libro prácticamente se vendió solo. Buscaba inspiración para su próxima novela, pero lo que encontró fue una puerta al infierno.

Un estallido de aplausos invadió la sala y Dan salió de su ensimismamiento. Cloe Varenska apareció en escena con un carísimo vestido rojo de satén y una sonrisa tan estremecedora como misteriosa. Le acompañaba su pianista, que se colocó el faldón del traje y le hizo un gesto a Cloe para que empezara a tocar cuando quisiera. Algunas toses y susurros de ciertos maleducados parecían no querer acabar nunca. Sin embargo, cuando Cloe empezó a tocar, el silencio en el teatro fue completo. Una melodía recién salida de los cielos llenó la sala. Cada nota era brillante, limpia y deslumbradora. El rostro de Cloe estaba sumido en una profunda emoción. La pieza que estaba interpretando era el Capricho nº 24 de Paganini, una de las piezas más difíciles de la técnica violinística. Todos esperaban con curiosidad escuchar las primeras notas de “la pieza”. Durante las dos horas y media de concierto, la cantante consiguió mantener al público en vilo. Cuando terminó, se hizo un silencio eterno. Después, el público prorrumpió en aplausos, y los gritos de “¡Bravo!” se oían por todas partes. El teatro entero se levantó, y se tiraron flores al escenario. Sólo una persona permanecía sentada. Inmóvil.Con la vista fija en la violinista. Unas lágrimas asomaron a sus ojos.

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