“Dicen que todo
artista necesita una musa. La de Dan Levine era Cloe Varenska. La primera vez
que la vio, su pluma empezó a escribir la más bella historia de amor. Ambos
eran extranjeros que llevaban largo tiempo viviendo en España. Nadie olvidaría
los acontecimientos que tuvieron lugar en diciembre de 1986.
El Teatro Salón
de Cervantes estaba abarrotado. Grandes personalidades de toda España se había
citado para escuchar el talento de la mejor violinista del país. Fracs
almidonados y vestidos de gala habían salido de sus armarios para disfrutar de
un concierto único. Dan Levine, escritor frustrado por haberse hecho rico con
un best-seller que no pretendía serlo, se podía permitir el lujo de incluirse
entre estas personalidades. Se rumoreaba que los best-seller tenían poca
calidad literaria, y que sus escritores tenían mucho morro y poca profesionalidad.
En su caso, nada más lejos de la realidad, pues su libro prácticamente se
vendió solo. Buscaba inspiración para su próxima novela, pero lo que encontró
fue una puerta al infierno.
Un estallido de
aplausos invadió la sala y Dan salió de su ensimismamiento. Cloe Varenska
apareció en escena con un carísimo vestido rojo de satén y una sonrisa tan
estremecedora como misteriosa. Le acompañaba su pianista, que se colocó el
faldón del traje y le hizo un gesto a Cloe para que empezara a tocar cuando quisiera.
Algunas toses y susurros de ciertos maleducados parecían no querer acabar nunca.
Sin embargo, cuando Cloe empezó a tocar, el silencio en el teatro fue completo.
Una melodía recién salida de los cielos llenó la sala. Cada nota era brillante,
limpia y deslumbradora. El rostro de Cloe estaba sumido en una profunda emoción.
La pieza que estaba interpretando era el Capricho nº 24 de Paganini, una de las
piezas más difíciles de la técnica violinística. Todos esperaban con curiosidad
escuchar las primeras notas de “la pieza”. Durante las dos horas y media de concierto,
la cantante consiguió mantener al público en vilo. Cuando terminó, se hizo un
silencio eterno. Después, el público prorrumpió en aplausos, y los gritos de
“¡Bravo!” se oían por todas partes. El teatro entero se levantó, y se tiraron
flores al escenario. Sólo una persona permanecía sentada. Inmóvil.Con la vista
fija en la violinista. Unas lágrimas asomaron a sus ojos.
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