2 sept 2013

Nadia


Le dimos las gracias y abandonamos el teatro. Nadia estaba distante.

-¿Qué te pasa?

-Unai, tengo que hablar contigo.

Nadia me comunicó la fatal noticia. Tenía leucemia, y los médicos le habían anunciado que le quedaba poco tiempo de vida.

-¿Cuántos?-Dije con un hilo de voz.

-Una semana.-Respondió con lágrimas en los ojos.

-¿Tan pocos?-No podía estar sucediendo. Asintió.

-Quiero que vengas mañana a mi casa. Es mi cumpleaños.

Al día siguiente fui a su casa con alma de plomo. Sus padres me dijeron que subiera a su habitación. Estaban visiblemente afectados. Había tenido una recaída. Cuando la vi en la cama, todo el brillo de sus ojos había desaparecido. Estaba completamente blanca. Sentí que me desmayaba. Abrió la boca, y con un hilo de voz, dijo:

-Unai, me estoy muriendo.

-No digas eso, tú eres fuerte.-Negó con la cabeza, y me cogió la mano.

-Ya sé que no nos conocemos desde siempre, pero, ¿me vas a echar de menos?-Su voz parecía una luz desvaneciéndose en un recodo, especialmente cuando pronunció estas palabras.

-Te echaría de menos aunque no te conociera.-Sonrió.

-Quiero que termines mi historia.

-¿Qué historia?

-La que hemos vivido juntos.

-Pero…

-Por favor. Tus palabras serán las mías.

-Te lo prometo. Te quiero, y pase lo que pase, te querré siempre.

Esperaba un milagro. Un milagro, que por unos instantes, creí posible. Pero el destino es mensajero de nuestro futuro. Y el destino me había enviado a una realidad profunda y sin fisuras, sin máscaras. La muerte era sólo el principio.

Nadia me dejó el veintidós de junio del año pasado.

No sé si podré cumplir mi promesa. A veces intento escribir, y me echo a llorar. Ya tengo un título: “Los sueños rotos”. No sé si he elegido bien.

 

“Nadia, te llevaste todas las respuestas contigo”. 

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