Le dimos las
gracias y abandonamos el teatro. Nadia estaba distante.
-¿Qué te pasa?
-Unai, tengo que
hablar contigo.
Nadia me
comunicó la fatal noticia. Tenía leucemia, y los médicos le habían anunciado
que le quedaba poco tiempo de vida.
-¿Cuántos?-Dije
con un hilo de voz.
-Una
semana.-Respondió con lágrimas en los ojos.
-¿Tan pocos?-No
podía estar sucediendo. Asintió.
-Quiero que
vengas mañana a mi casa. Es mi cumpleaños.
Al día siguiente
fui a su casa con alma de plomo. Sus padres me dijeron que subiera a su
habitación. Estaban visiblemente afectados. Había tenido una recaída. Cuando la
vi en la cama, todo el brillo de sus ojos había desaparecido. Estaba
completamente blanca. Sentí que me desmayaba. Abrió la boca, y con un hilo de voz,
dijo:
-Unai, me estoy
muriendo.
-No digas eso, tú
eres fuerte.-Negó con la cabeza, y me cogió la mano.
-Ya sé que no
nos conocemos desde siempre, pero, ¿me vas a echar de menos?-Su voz parecía una
luz desvaneciéndose en un recodo, especialmente cuando pronunció estas
palabras.
-Te echaría de
menos aunque no te conociera.-Sonrió.
-Quiero que
termines mi historia.
-¿Qué historia?
-La que hemos
vivido juntos.
-Pero…
-Por favor. Tus
palabras serán las mías.
-Te lo prometo. Te
quiero, y pase lo que pase, te querré siempre.
Esperaba un
milagro. Un milagro, que por unos instantes, creí posible. Pero el destino es
mensajero de nuestro futuro. Y el destino me había enviado a una realidad
profunda y sin fisuras, sin máscaras. La muerte era sólo el principio.
Nadia me dejó el
veintidós de junio del año pasado.
No sé si podré
cumplir mi promesa. A veces intento escribir, y me echo a llorar. Ya tengo un
título: “Los sueños rotos”. No sé si he elegido bien.
“Nadia, te
llevaste todas las respuestas contigo”.
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