Ese bosque de todos tus cuentos. El mundo libre de tus muñecos. El columpio especialmente reservado para ti. Tu rincón favorito para esconderte y que nadie te molestara. Su Peter Pan y tu Wendy. Tu madre leyéndote tu cuento favorito. Ese que tanto te gustaba y que aunque te lo sabías de memoria no te cansabas de escucharlo, una y otra vez, mientras imaginabas que estabas dentro de la historia, y por supuesto, mandabas.
Esas tardes perdidas (no realmente) enfrente del libro de texto mirando al resto de niños jugar en el parque y preguntándote de qué estarían hechas las nubes.
Paraísos perdidos, cuentos de hadas escritos en la niñez, deseos de volver a ser Peter Pan, esperando tumbados en la cama a que Campanilla nos resuelva la eterna duda de la razón por la que los adultos siempre están serios.
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